Me ha costado mucho plantarme frente a la pantalla esta vez. No es que no tenga nada que contar, o que la huerta no este divina, sino que creo que los cambios a veces me dejan parada, dura, sin pasado. Me es difícil seguir con lo anterior cuando se presenta algo nuevo.
Hace un poco mas de un mes nos mudamos y ha sido intenso. Mas aire, menos tiempo, mas verde, mas soledad. No es que no la esperara, pero es que creo me gusta demasiado. He estado un poco muda como consecuencia de este gusto por las tardes de pelo mojado y olor a solanina. Se ha formado un círculo silencioso de perros entre mis piernas cansadas de atar tomates, apoyadas en mi silla de feria.
Ha dado la casualidad que a Alex le tocó empezar a trabajar fuera de casa y a mi me tocó quedarme de capataz de obra y por supuesto mis hombros están al rojo vivo, así como mi paciencia. Hace poco nos reíamos de nuestro entusiasmo al pensar lo fácil que iba a ser conseguir un pequeño terreno y ver crecer la casa como un tomate. Hoy el desorden es tan grande que agradezco mi futura deuda por haber encontrado una casita antigua, llena de malezas, tarántulas y passifloras.
Ademas de las arañas han llegado muchas cosas en muy poco tiempo, un ejército de amigos nos ayudan cada vez que pueden y la parrilla es el lugar mas visitado como premio a los brazos que no habían visto antes un machete. Nuestra familia es un capítulo aparte. Se merecen que yo cocine tartas para siempre en una bodega a oscuras y ellos comer hasta reventar y ni así les podría pagar y agradecer todo lo que han hecho por nuestro proyecto.
Asi que como dije, hoy me cuesta escribir, pero no paro de pasear por la huerta, de pensar en todos los amigos y sus cosechas. No me olvido de nadie.
Hablando de cambios les dejo uno que veo cada cierto tiempo y festejo. La ciboulette que nace, florece y semilla.
